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2300276 Ano: 2018
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: ABIN
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Texto

¿Tiene sentido emular las expediciones científicas del siglo XIX, como las del antropólogo y biólogo alemán Alexander von Humboldt, o como las que patrocinó Carlos III en el Nuevo Reino de Granada, la actual Colombia, en busca de especies vegetales y animales desconocidos en Europa? Lo cierto es que tras siglos de progreso científico, hoy parece no quedar ya apenas espacio para aquella sorpresa original. En cambio, sigue habiendo lugar para viajes humanísticos que intenten acercar culturas y divulgar el valor de la diversidad.

Ese es el espíritu que ha presidido el proyecto Chaco Ra’anga. Un viaje científico y cultural al corazón de Sudamérica: viajar no para certificar conocimientos, no para realizar dibujos al carboncillo de plantas nunca vistas y atravesar con alfileres mosquitos y reptiles, sino para señalar en el mapa regiones apartadas cuya idiosincrasia se encuentra en peligro, amenazada por la expansión de los núcleos urbanos y las explotaciones agrícolas, ganaderas y energéticas. Adentrarse en territorios periféricos, pues, para ejercer de testigos de una realidad conflictiva, y regresar con un relato que ilumine desastres aún evitables o tesoros que conviene preservar.

Chaco Ra’anga es el resultado de una expedición realizada por 12 viajeros, y promovida por Cooperación Española, por El Gran Chaco, en el corazón de América del Sur, una amplia región que abarca zonas de Bolivia, Paraguay, Brasil y Argentina, que alberga la segunda reserva boscosa más grande del continente después del Amazonas y una variedad de etnias y culturas propias que mantienen las esencias de sus pobladores primigenios.

Internet: <https://elpais.com> (con adaptaciones).

En relación al texto, juzgue lo siguiente ítem.

La región de la expedición del proyecto Chaco Ra’anga es prácticamente inexistente.

 

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Texto

Que estamos en la posverdad, como declaró el Diccionario Oxford, es una noticia de ayer para cualquiera que sigue de cerca la comunicación política. La selección fue justificada según la conclusión que los “hechos objetivos” son menos influyentes que los mensajes emotivos en la política contemporánea.

Hace tiempo que se sabe que la opinión pública está fuertemente influenciada por emociones más que por hechos aparentemente irrefutables. Las campañas electorales apelan a movilizar comunidades de sentimientos más que a educarnos en la verdad o convencernos con argumentos basados en hechos sólidos y demostrables.

Clásicamente se pensó que la verdad reside en la esencia maravillosa, inescrutable de las cosas, en el Olimpo sagrado fuera de la percepción humana. Se necesitaba conocimiento, espíritu o don particular para llegar a la verdad del bien o la belleza. Siglos después, el racionalismo y el constructivismo produjeron una concepción diferente de la verdad. La verdad es propia del mundo terrenal, de la experiencia cotidiana.

Hoy día, para llegar a la verdad no se necesita poseer ninguna virtud excepcional. La realidad es una masilla moldeada según preferencias individuales. No hay verdad única, soberana, válida para todos. Tampoco hay hechos objetivos que deban ser probados o refutados para llegar a la verdad. Si sentimos que hay inseguridad pública, ninguna estadística con datos duros puede convencernos de lo contrario. Si pensamos que la pobreza disminuyó, ¿quién precisa la opinión de los expertos? La verdad suele ser un sentimiento más que el resultado de una evaluación minuciosa y pausada de los hechos.

¿Qué hacer para que la posverdad no se trague la realidad y domine el relativismo absoluto? Apoyemos instituciones interesadas en producir datos, descubrir verdades, cotejar opiniones, y chequear barbaridades. Respetemos a quienes pugnan por la verdad, buscan evidencia para sostener afirmaciones, y actúan con mesura y responsabilidad. Bajemos los decibeles del discurso más interesado en perpetuar convicciones que en comprender los pliegues de la realidad.

Internet: <www.clarin.com> (con adaptaciones).

En relación al texto, juzgue lo siguiente ítem.

La concepción de la verdad ha sufrido cambios en el transcurso del tiempo.

 

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Texto
Que estamos en la posverdad, como declaró el Diccionario Oxford, es una noticia de ayer para cualquiera que sigue de cerca la comunicación política. La selección fue justificada según la conclusión que los “hechos objetivos” son menos influyentes que los mensajes emotivos en la política contemporánea.
Hace tiempo que se sabe que la opinión pública está fuertemente influenciada por emociones más que por hechos aparentemente irrefutables. Las campañas electorales apelan a movilizar comunidades de sentimientos más que a educarnos en la verdad o convencernos con argumentos basados en hechos sólidos y demostrables.
Clásicamente se pensó que la verdad reside en la esencia maravillosa, inescrutable de las cosas, en el Olimpo sagrado fuera de la percepción humana. Se necesitaba conocimiento, espíritu o don particular para llegar a la verdad del bien o la belleza. Siglos después, el racionalismo y el constructivismo produjeron una concepción diferente de la verdad. La verdad es propia del mundo terrenal, de la experiencia cotidiana.
Hoy día, para llegar a la verdad no se necesita poseer ninguna virtud excepcional. La realidad es una masilla moldeada según preferencias individuales. No hay verdad única, soberana, válida para todos. Tampoco hay hechos objetivos que deban ser probados o refutados para llegar a la verdad. Si sentimos que hay inseguridad pública, ninguna estadística con datos duros puede convencernos de lo contrario. Si pensamos que la pobreza disminuyó, ¿quién precisa la opinión de los expertos? La verdad suele ser un sentimiento más que el resultado de una evaluación minuciosa y pausada de los hechos.
¿Qué hacer para que la posverdad no se trague la realidad y domine el relativismo absoluto? Apoyemos instituciones interesadas en producir datos, descubrir verdades, cotejar opiniones, y chequear barbaridades. Respetemos a quienes pugnan por la verdad, buscan evidencia para sostener afirmaciones, y actúan con mesura y responsabilidad. Bajemos los decibeles del discurso más interesado en perpetuar convicciones que en comprender los pliegues de la realidad.
Internet: <www.clarin.com> (con adaptaciones).
En relación al texto, juzgue lo siguiente ítem.
La forma verbal “hay”, en la frase “No hay verdad única”, puede sustituirse correctamente por tiene, sin que ocurran cambios semánticos en el texto.
 

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Texto

Que estamos en la posverdad, como declaró el Diccionario Oxford, es una noticia de ayer para cualquiera que sigue de cerca la comunicación política. La selección fue justificada según la conclusión que los “hechos objetivos” son menos influyentes que los mensajes emotivos en la política contemporánea.

Hace tiempo que se sabe que la opinión pública está fuertemente influenciada por emociones más que por hechos aparentemente irrefutables. Las campañas electorales apelan a movilizar comunidades de sentimientos más que a educarnos en la verdad o convencernos con argumentos basados en hechos sólidos y demostrables.

Clásicamente se pensó que la verdad reside en la esencia maravillosa, inescrutable de las cosas, en el Olimpo sagrado fuera de la percepción humana. Se necesitaba conocimiento, espíritu o don particular para llegar a la verdad del bien o la belleza. Siglos después, el racionalismo y el constructivismo produjeron una concepción diferente de la verdad. La verdad es propia del mundo terrenal, de la experiencia cotidiana.

Hoy día, para llegar a la verdad no se necesita poseer ninguna virtud excepcional. La realidad es una masilla moldeada según preferencias individuales. No hay verdad única, soberana, válida para todos. Tampoco hay hechos objetivos que deban ser probados o refutados para llegar a la verdad. Si sentimos que hay inseguridad pública, ninguna estadística con datos duros puede convencernos de lo contrario. Si pensamos que la pobreza disminuyó, ¿quién precisa la opinión de los expertos? La verdad suele ser un sentimiento más que el resultado de una evaluación minuciosa y pausada de los hechos.

¿Qué hacer para que la posverdad no se trague la realidad y domine el relativismo absoluto? Apoyemos instituciones interesadas en producir datos, descubrir verdades, cotejar opiniones, y chequear barbaridades. Respetemos a quienes pugnan por la verdad, buscan evidencia para sostener afirmaciones, y actúan con mesura y responsabilidad. Bajemos los decibeles del discurso más interesado en perpetuar convicciones que en comprender los pliegues de la realidad.

Internet: <www.clarin.com> (con adaptaciones).

En relación al texto, juzgue lo siguiente ítem.

La estrategia de las campañas electorales consiste en convencer por medio de hechos comprobables.

 

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Que estamos en la posverdad, como declaró el Diccionario Oxford, es una noticia de ayer para cualquiera que sigue de cerca la comunicación política. La selección fue justificada según la conclusión que los “hechos objetivos” son menos influyentes que los mensajes emotivos en la política contemporánea.

Hace tiempo que se sabe que la opinión pública está fuertemente influenciada por emociones más que por hechos aparentemente irrefutables. Las campañas electorales apelan a movilizar comunidades de sentimientos más que a educarnos en la verdad o convencernos con argumentos basados en hechos sólidos y demostrables.

Clásicamente se pensó que la verdad reside en la esencia maravillosa, inescrutable de las cosas, en el Olimpo sagrado fuera de la percepción humana. Se necesitaba conocimiento, espíritu o don particular para llegar a la verdad del bien o la belleza. Siglos después, el racionalismo y el constructivismo produjeron una concepción diferente de la verdad. La verdad es propia del mundo terrenal, de la experiencia cotidiana.

Hoy día, para llegar a la verdad no se necesita poseer ninguna virtud excepcional. La realidad es una masilla moldeada según preferencias individuales. No hay verdad única, soberana, válida para todos. Tampoco hay hechos objetivos que deban ser probados o refutados para llegar a la verdad. Si sentimos que hay inseguridad pública, ninguna estadística con datos duros puede convencernos de lo contrario. Si pensamos que la pobreza disminuyó, ¿quién precisa la opinión de los expertos? La verdad suele ser un sentimiento más que el resultado de una evaluación minuciosa y pausada de los hechos.

¿Qué hacer para que la posverdad no se trague la realidad y domine el relativismo absoluto? Apoyemos instituciones interesadas en producir datos, descubrir verdades, cotejar opiniones, y chequear barbaridades. Respetemos a quienes pugnan por la verdad, buscan evidencia para sostener afirmaciones, y actúan con mesura y responsabilidad. Bajemos los decibeles del discurso más interesado en perpetuar convicciones que en comprender los pliegues de la realidad.

Internet: <www.clarin.com> (con adaptaciones).

En relación al texto, juzgue lo siguiente ítem.

La posverdad es una idea conocida para aquellos que están al día en asuntos políticos.

 

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Que estamos en la posverdad, como declaró el Diccionario Oxford, es una noticia de ayer para cualquiera que sigue de cerca la comunicación política. La selección fue justificada según la conclusión que los “hechos objetivos” son menos influyentes que los mensajes emotivos en la política contemporánea.
Hace tiempo que se sabe que la opinión pública está fuertemente influenciada por emociones más que por hechos aparentemente irrefutables. Las campañas electorales apelan a movilizar comunidades de sentimientos más que a educarnos en la verdad o convencernos con argumentos basados en hechos sólidos y demostrables.
Clásicamente se pensó que la verdad reside en la esencia maravillosa, inescrutable de las cosas, en el Olimpo sagrado fuera de la percepción humana. Se necesitaba conocimiento, espíritu o don particular para llegar a la verdad del bien o la belleza. Siglos después, el racionalismo y el constructivismo produjeron una concepción diferente de la verdad. La verdad es propia del mundo terrenal, de la experiencia cotidiana.
Hoy día, para llegar a la verdad no se necesita poseer ninguna virtud excepcional. La realidad es una masilla moldeada según preferencias individuales. No hay verdad única, soberana, válida para todos. Tampoco hay hechos objetivos que deban ser probados o refutados para llegar a la verdad. Si sentimos que hay inseguridad pública, ninguna estadística con datos duros puede convencernos de lo contrario. Si pensamos que la pobreza disminuyó, ¿quién precisa la opinión de los expertos? La verdad suele ser un sentimiento más que el resultado de una evaluación minuciosa y pausada de los hechos.
¿Qué hacer para que la posverdad no se trague la realidad y domine el relativismo absoluto? Apoyemos instituciones interesadas en producir datos, descubrir verdades, cotejar opiniones, y chequear barbaridades. Respetemos a quienes pugnan por la verdad, buscan evidencia para sostener afirmaciones, y actúan con mesura y responsabilidad. Bajemos los decibeles del discurso más interesado en perpetuar convicciones que en comprender los pliegues de la realidad.
Internet: <www.clarin.com> (con adaptaciones).
En relación al texto, juzgue lo siguiente ítem.
En el último párrafo del texto, la expresión bajar los decibeles significa estar atento.
 

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Texto

Los robots ya no solo se dedican a construir coches o al embalaje de cajas, sino que han abandonado el terreno meramente industrial para adentrarse en campos que, hasta no hace demasiado, eran exclusivos de los humanos. Ya son capaces de pintar cuadros, de escribir libros y, en definitiva, de parecer cada vez menos un amasijo de cables limitado a tareas repetitivas. Y no solo por dentro, también por fuera, que hacen soñar con un futuro lleno de replicantes a lo Blade Runner. ¿El problema? Que son aterradores.

Esta sensación ya fue explicada por Masahiro Mori en 1970 en lo que él mismo describe como “el valle inquietante”. A grandes rasgos, viene a decir que la afinidad de las personas con los robots va creciendo a medida que estos parecen cada vez más reales. Sin embargo, cuando llegan a cierto nivel de semejanza, la respuesta emocional positiva se convierte en negativa. Pasan de ser adorables autómatas a sobrecogedoras réplicas de seres vivos que en realidad no lo están. Cuando esto ocurre, se entraría en ese “valle” descrito por el investigador nipón.

Aunque la teoría de Mori intenta explicar las implicaciones psicológicas de la interacción con robots creados a imagen y semejanza de los humanos, esta no termina de aportar suficientes evidencias científicas. Con respecto a eso, el profesor de psicología social Miguel García Saiz, de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que “quizás sea un planteamiento teórico o, como mucho, posibles hipótesis a comprobar. Hay muchas variables implicadas que pueden hacer que reaccionemos de una manera u otra ante estos robots tan humanos”.

Internet: <www.eldiario.es> (con adaptaciones).

Juzgue lo siguiente ítem, relativo a ideas y aspectos lingüísticos del texto.

Las formas verbales “llegan” y “Pasan” remiten a “los robots”.

 

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Los robots ya no solo se dedican a construir coches o al embalaje de cajas, sino que han abandonado el terreno meramente industrial para adentrarse en campos que, hasta no hace demasiado, eran exclusivos de los humanos. Ya son capaces de pintar cuadros, de escribir libros y, en definitiva, de parecer cada vez menos un amasijo de cables limitado a tareas repetitivas. Y no solo por dentro, también por fuera, que hacen soñar con un futuro lleno de replicantes a lo Blade Runner. ¿El problema? Que son aterradores.

Esta sensación ya fue explicada por Masahiro Mori en 1970 en lo que él mismo describe como “el valle inquietante”. A grandes rasgos, viene a decir que la afinidad de las personas con los robots va creciendo a medida que estos parecen cada vez más reales. Sin embargo, cuando llegan a cierto nivel de semejanza, la respuesta emocional positiva se convierte en negativa. Pasan de ser adorables autómatas a sobrecogedoras réplicas de seres vivos que en realidad no lo están. Cuando esto ocurre, se entraría en ese “valle” descrito por el investigador nipón.

Aunque la teoría de Mori intenta explicar las implicaciones psicológicas de la interacción con robots creados a imagen y semejanza de los humanos, esta no termina de aportar suficientes evidencias científicas. Con respecto a eso, el profesor de psicología social Miguel García Saiz, de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que “quizás sea un planteamiento teórico o, como mucho, posibles hipótesis a comprobar. Hay muchas variables implicadas que pueden hacer que reaccionemos de una manera u otra ante estos robots tan humanos”.

Internet: <www.eldiario.es> (con adaptaciones).

Juzgue lo siguiente ítem, relativo a ideas y aspectos lingüísticos del texto.

Para el investigador Masahiro Mori, la simpatía de los humanos para con los robots aumenta cada vez más.

 

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Los robots ya no solo se dedican a construir coches o al embalaje de cajas, sino que han abandonado el terreno meramente industrial para adentrarse en campos que, hasta no hace demasiado, eran exclusivos de los humanos. Ya son capaces de pintar cuadros, de escribir libros y, en definitiva, de parecer cada vez menos un amasijo de cables limitado a tareas repetitivas. Y no solo por dentro, también por fuera, que hacen soñar con un futuro lleno de replicantes a lo Blade Runner. ¿El problema? Que son aterradores.
Esta sensación ya fue explicada por Masahiro Mori en 1970 en lo que él mismo describe como “el valle inquietante”. A grandes rasgos, viene a decir que la afinidad de las personas con los robots va creciendo a medida que estos parecen cada vez más reales. Sin embargo, cuando llegan a cierto nivel de semejanza, la respuesta emocional positiva se convierte en negativa. Pasan de ser adorables autómatas a sobrecogedoras réplicas de seres vivos que en realidad no lo están. Cuando esto ocurre, se entraría en ese “valle” descrito por el investigador nipón.
Aunque la teoría de Mori intenta explicar las implicaciones psicológicas de la interacción con robots creados a imagen y semejanza de los humanos, esta no termina de aportar suficientes evidencias científicas. Con respecto a eso, el profesor de psicología social Miguel García Saiz, de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que “quizás sea un planteamiento teórico o, como mucho, posibles hipótesis a comprobar. Hay muchas variables implicadas que pueden hacer que reaccionemos de una manera u otra ante estos robots tan humanos”.
Internet: <www.eldiario.es> (con adaptaciones).
Juzgue lo siguiente ítem, relativo a ideas y aspectos lingüísticos del texto.
El uso de “quizás” indica duda o probabilidad.
 

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Los robots ya no solo se dedican a construir coches o al embalaje de cajas, sino que han abandonado el terreno meramente industrial para adentrarse en campos que, hasta no hace demasiado, eran exclusivos de los humanos. Ya son capaces de pintar cuadros, de escribir libros y, en definitiva, de parecer cada vez menos un amasijo de cables limitado a tareas repetitivas. Y no solo por dentro, también por fuera, que hacen soñar con un futuro lleno de replicantes a lo Blade Runner. ¿El problema? Que son aterradores.
Esta sensación ya fue explicada por Masahiro Mori en 1970 en lo que él mismo describe como “el valle inquietante”. A grandes rasgos, viene a decir que la afinidad de las personas con los robots va creciendo a medida que estos parecen cada vez más reales. Sin embargo, cuando llegan a cierto nivel de semejanza, la respuesta emocional positiva se convierte en negativa. Pasan de ser adorables autómatas a sobrecogedoras réplicas de seres vivos que en realidad no lo están. Cuando esto ocurre, se entraría en ese “valle” descrito por el investigador nipón.
Aunque la teoría de Mori intenta explicar las implicaciones psicológicas de la interacción con robots creados a imagen y semejanza de los humanos, esta no termina de aportar suficientes evidencias científicas. Con respecto a eso, el profesor de psicología social Miguel García Saiz, de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que “quizás sea un planteamiento teórico o, como mucho, posibles hipótesis a comprobar. Hay muchas variables implicadas que pueden hacer que reaccionemos de una manera u otra ante estos robots tan humanos”.
Internet: <www.eldiario.es> (con adaptaciones).
Juzgue lo siguiente ítem, relativo a ideas y aspectos lingüísticos del texto.
El término “Aunque” puede sustituirse por la construcción concesiva A pesar de que, sin que ocurran cambios semánticos significativos.
 

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