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TEXTO
Los últimos gigantes
Federico Kukso
Hace cinco años Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.
“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.
Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.
Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.
Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.
Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.
Estas dos especies -Punatitan y Bravasaurus- habrían convivido en el mismo ambiente hace 70 millones de años en el noroeste de lo que hoy es Argentina.
Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.
Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ― un lugar muy conocido en la provincia ― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.
Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.
Periódico El País, 18/11/2020.Texto adaptado.
Sobre los titanosaurios, el texto nos permite decir que
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Los últimos gigantes
Federico Kukso
Hace cinco años Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.
“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.
Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.
Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.
Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.
Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.
Estas dos especies -Punatitan y Bravasaurus- habrían convivido en el mismo ambiente hace 70 millones de años en el noroeste de lo que hoy es Argentina.
Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.
Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ― un lugar muy conocido en la provincia ― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.
Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.
Periódico El País, 18/11/2020.Texto adaptado.
En su segunda campaña, el Señor Hechenleitner, saltó de la alegría al encontrar
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Los últimos gigantes
Federico Kukso
Hace cinco años Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.
“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.
Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.
Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.
Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.
Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.
Estas dos especies -Punatitan y Bravasaurus- habrían convivido en el mismo ambiente hace 70 millones de años en el noroeste de lo que hoy es Argentina.
Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.
Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ― un lugar muy conocido en la provincia ― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.
Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.
Periódico El País, 18/11/2020.Texto adaptado.
Según el texto, Martín Hechenleitner llevaba consigo para ayudarle en su expedición
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Los últimos gigantes
Federico Kukso
Hace cinco años Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.
“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.
Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.
Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.
Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.
Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.
Estas dos especies -Punatitan y Bravasaurus- habrían convivido en el mismo ambiente hace 70 millones de años en el noroeste de lo que hoy es Argentina.
Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.
Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ― un lugar muy conocido en la provincia ― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.
Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.
Periódico El País, 18/11/2020.Texto adaptado.
El texto dice que Martín Hechenleitner
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Los últimos gigantes
Federico Kukso
Hace cinco años Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.
“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.
Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.
Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.
Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.
Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.
Estas dos especies -Punatitan y Bravasaurus- habrían convivido en el mismo ambiente hace 70 millones de años en el noroeste de lo que hoy es Argentina.
Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.
Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ― un lugar muy conocido en la provincia ― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.
Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.
Periódico El País, 18/11/2020.Texto adaptado.
Según el primer párrafo, la “Quebrada de Santo Domingo” (línea 9)
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Los últimos gigantes
Federico Kukso
Hace cinco años Martín Hechenleitner salió de cacería y regresó con las manos vacías. Movido por la curiosidad y el entusiasmo de la primera campaña a su cargo, este paleontólogo argentino especialista en titanosaurios viajó horas con un grupo de colegas hasta acceder a un ambiente extremo cerca de la cordillera de los Andes: la Quebrada de Santo Domingo, una zona inhóspita ubicada a 3.200 metros de altura en la provincia de La Rioja en el noroeste argentino.
“No teníamos ningún dato preciso donde excavar”, recuerda. “Solo contábamos con unos pequeños y gastados fósiles de una vértebra, hallados por un geólogo australiano que estaban guardados en una cajita en la universidad a la que nadie prestaba atención”. Con problemas para respirar y agobiados por el cansancio, los investigadores caminaron durante 10 días por el valle, luchando para acostumbrarse a la altura. Hasta que, frustrados por no haber hallado nada, dieron por terminada la campaña.
Meses después, regresaron. Al sexto día, la perseverancia al fin dio sus frutos: encontraron un huevo fosilizado. “Saltamos de la alegría”, cuenta el paleontólogo de 34 años. “Las rocas están inclinadas y ahí empezaron a aparecer cascaritas por todos lados. Logramos sacar un nido con cinco huevos”.
Pero aún el tesoro mayor que habían ido a buscar ―los restos de un gigante― les era esquivo. Hasta que en la tercera campaña en marzo de 2016 la geóloga suiza Léa Leuzinger advirtió algo extraño. “Me llamó la atención lo que parecía ser un tubo blanco que resaltaba en la roca roja. Nunca hubiera pensado que se trataba de un fémur de un dinosaurio”.
Para Hechenleitner, que lleva ocho años estudiando titanosaurios y hasta entonces había participado en campañas ajenas como la excavación del Patagotitan mayorum en 2013 en la provincia de Chubut, fue un alivio. “Tenía que aparecer algo que valiera todo aquel esfuerzo”.
Empezaron a remover la piedra con una mezcla de euforia y cautela, hallaron las costillas. Luego, a 100 metros, divisaron otro ejemplar, más completo. Y después otro: en total, los restos de tres animales ocultos del mundo durante 70 millones de años.
Estas dos especies -Punatitan y Bravasaurus- habrían convivido en el mismo ambiente hace 70 millones de años en el noroeste de lo que hoy es Argentina.
Las vértebras caudales les indicaron que se trataban de dos especies de titanosaurios, hasta ahora desconocidas, que habrían vivido durante los últimos momentos del Cretácico. Es decir, habrían sido los últimos de su tipo.
Como cuentan en un estudio publicado en la revista Communications Biology, al más grande, que habría alcanzado los 20 metros de largo, lo llamaron Punatitan coughlini en referencia a la sensación de apunamiento, mal agudo de montaña o falta de aire que da en la zona y en honor al geólogo Tim Coughlin, quien informó sobre los primeros fósiles de dinosaurios en aquel lugar. Y a los dos más pequeños, de alrededor de tres toneladas y siete metros de largo, Bravasaurus arrierosorum, por la Laguna Brava ― un lugar muy conocido en la provincia ― y los arrieros que cruzaron los Andes con ganado durante el siglo XIX.
Los titanosaurios fueron los animales de mayor tamaño que caminaron sobre el planeta: un grupo diverso de dinosaurios herbívoros colosales, de cuello largo y con una compleja historia evolutiva. Vivieron hace entre 145 millones y 66 millones de años. Los restos fosilizados de sus cuerpos se han encontrado en todos los continentes, incluyendo la Antártida.
Periódico El País, 18/11/2020.Texto adaptado.
Es correcto decir que el texto arriba se refiere a
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Un error positivo
Montero Glez
Hay errores que cuestan vidas. Lo estamos viviendo. Pero no vamos a entrar ahora a hacer juicios de valor sobre la manera de manejar una crisis de dimensiones virulentas. Y no porque nuestros representantes políticos no merezcan tales juicios, sino porque hace falta un poco más de aire entre tanta contaminación mediática. Con tales principios, vamos a contar cómo un error de traducción dio lugar a un conjunto de libros de astronomía popular que, a su vez, inspirarían algunas de las novelas de ciencia ficción más importantes de todos los tiempos.
Lowell aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua.
Nos referimos a los episodios escritos por Percival Lowell (1855-1916), un excéntrico millonario norteamericano con vicios de astrónomo que afirmaba que existían canales artificiales en Marte y, por lo tanto, vida extraterrestre. Para demostrarlo, construyó un observatorio privado en Arizona que hoy permanece en activo. Se trata del Observatorio Lowell, desde el cual, en 1930 se descubriría un planeta enano que recibió el nombre de Plutón.
Pero volvamos a la Tierra donde, en vida de Lowell, el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli observó con su telescopio el planeta Marte. Tenía la intención de estudiarlo a fondo y, detallando el planeta rojo, pudo comprobar cómo una densa capa de líneas se extendía sobre la superficie. Schiaparelli las denominó “canali” y con ello, publicó el mapa del planeta Marte en 1888. Fue un trabajo pionero de la astronomía que despertó la curiosidad de muchos aficionados entre los que se encontraba el excéntrico Percival Lowell.
Debido a un error en la traducción del trabajo de Schiaparelli se inició, sin querer, todo un género de novelas. Los “canali” que observó Schiaparelli fueron vertidos en inglés como “canals” en vez de como “channels”, tal y como hubiese sido lo correcto. De esta manera, la palabra “canals” implica una construcción artificial mientras que la palabra “channels” se refiere a un accidente natural.
A partir de este error, Percival Lowell se dispuso a encontrar huellas extraterrestres en el planeta rojo. Hay que recordar que un planeta es una forma espontánea y lo que Lowell pretendía era encontrar formas vivas que lo habitasen. Aunque no las encontró, las imaginó hasta convertirlas en certezas científicas. Ajustando su ojo al telescopio, echó a volar su imaginación cuando observó los numerosos canales que cubrían la superficie de Marte, llegando a afirmar que el planeta estaba habitado por una antigua civilización.
Aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua. Con estas cosas publicaría Mars (1895), Mars and Its Canals (1906) y The Genesis of the Planets (1916). Su serie sobre el planeta rojo inspiraría a Herbert George Wells para escribir “La Guerra de los Mundos” y, posteriormente, cuando ya se desveló que los estudios de Percival carecían de rigor científico, Ray Bradbury se sirvió de ellos para sus “Crónicas Marcianas”. De esta manera, tratando las contradicciones a partir de un error, se consiguió la coherencia en la ficción.
Montero Glez. Periódico El País, 26/03/2020.
El título del texto “Un error positivo” se dio por cuenta de
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Un error positivo
Montero Glez
Hay errores que cuestan vidas. Lo estamos viviendo. Pero no vamos a entrar ahora a hacer juicios de valor sobre la manera de manejar una crisis de dimensiones virulentas. Y no porque nuestros representantes políticos no merezcan tales juicios, sino porque hace falta un poco más de aire entre tanta contaminación mediática. Con tales principios, vamos a contar cómo un error de traducción dio lugar a un conjunto de libros de astronomía popular que, a su vez, inspirarían algunas de las novelas de ciencia ficción más importantes de todos los tiempos.
Lowell aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua.
Nos referimos a los episodios escritos por Percival Lowell (1855-1916), un excéntrico millonario norteamericano con vicios de astrónomo que afirmaba que existían canales artificiales en Marte y, por lo tanto, vida extraterrestre. Para demostrarlo, construyó un observatorio privado en Arizona que hoy permanece en activo. Se trata del Observatorio Lowell, desde el cual, en 1930 se descubriría un planeta enano que recibió el nombre de Plutón.
Pero volvamos a la Tierra donde, en vida de Lowell, el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli observó con su telescopio el planeta Marte. Tenía la intención de estudiarlo a fondo y, detallando el planeta rojo, pudo comprobar cómo una densa capa de líneas se extendía sobre la superficie. Schiaparelli las denominó “canali” y con ello, publicó el mapa del planeta Marte en 1888. Fue un trabajo pionero de la astronomía que despertó la curiosidad de muchos aficionados entre los que se encontraba el excéntrico Percival Lowell.
Debido a un error en la traducción del trabajo de Schiaparelli se inició, sin querer, todo un género de novelas. Los “canali” que observó Schiaparelli fueron vertidos en inglés como “canals” en vez de como “channels”, tal y como hubiese sido lo correcto. De esta manera, la palabra “canals” implica una construcción artificial mientras que la palabra “channels” se refiere a un accidente natural.
A partir de este error, Percival Lowell se dispuso a encontrar huellas extraterrestres en el planeta rojo. Hay que recordar que un planeta es una forma espontánea y lo que Lowell pretendía era encontrar formas vivas que lo habitasen. Aunque no las encontró, las imaginó hasta convertirlas en certezas científicas. Ajustando su ojo al telescopio, echó a volar su imaginación cuando observó los numerosos canales que cubrían la superficie de Marte, llegando a afirmar que el planeta estaba habitado por una antigua civilización.
Aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua. Con estas cosas publicaría Mars (1895), Mars and Its Canals (1906) y The Genesis of the Planets (1916). Su serie sobre el planeta rojo inspiraría a Herbert George Wells para escribir “La Guerra de los Mundos” y, posteriormente, cuando ya se desveló que los estudios de Percival carecían de rigor científico, Ray Bradbury se sirvió de ellos para sus “Crónicas Marcianas”. De esta manera, tratando las contradicciones a partir de un error, se consiguió la coherencia en la ficción.
Montero Glez. Periódico El País, 26/03/2020.
En la expresión “que lo habitasen” (línea 56), la partícula “lo” es un
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Un error positivo
Montero Glez
Hay errores que cuestan vidas. Lo estamos viviendo. Pero no vamos a entrar ahora a hacer juicios de valor sobre la manera de manejar una crisis de dimensiones virulentas. Y no porque nuestros representantes políticos no merezcan tales juicios, sino porque hace falta un poco más de aire entre tanta contaminación mediática. Con tales principios, vamos a contar cómo un error de traducción dio lugar a un conjunto de libros de astronomía popular que, a su vez, inspirarían algunas de las novelas de ciencia ficción más importantes de todos los tiempos.
Lowell aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua.
Nos referimos a los episodios escritos por Percival Lowell (1855-1916), un excéntrico millonario norteamericano con vicios de astrónomo que afirmaba que existían canales artificiales en Marte y, por lo tanto, vida extraterrestre. Para demostrarlo, construyó un observatorio privado en Arizona que hoy permanece en activo. Se trata del Observatorio Lowell, desde el cual, en 1930 se descubriría un planeta enano que recibió el nombre de Plutón.
Pero volvamos a la Tierra donde, en vida de Lowell, el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli observó con su telescopio el planeta Marte. Tenía la intención de estudiarlo a fondo y, detallando el planeta rojo, pudo comprobar cómo una densa capa de líneas se extendía sobre la superficie. Schiaparelli las denominó “canali” y con ello, publicó el mapa del planeta Marte en 1888. Fue un trabajo pionero de la astronomía que despertó la curiosidad de muchos aficionados entre los que se encontraba el excéntrico Percival Lowell.
Debido a un error en la traducción del trabajo de Schiaparelli se inició, sin querer, todo un género de novelas. Los “canali” que observó Schiaparelli fueron vertidos en inglés como “canals” en vez de como “channels”, tal y como hubiese sido lo correcto. De esta manera, la palabra “canals” implica una construcción artificial mientras que la palabra “channels” se refiere a un accidente natural.
A partir de este error, Percival Lowell se dispuso a encontrar huellas extraterrestres en el planeta rojo. Hay que recordar que un planeta es una forma espontánea y lo que Lowell pretendía era encontrar formas vivas que lo habitasen. Aunque no las encontró, las imaginó hasta convertirlas en certezas científicas. Ajustando su ojo al telescopio, echó a volar su imaginación cuando observó los numerosos canales que cubrían la superficie de Marte, llegando a afirmar que el planeta estaba habitado por una antigua civilización.
Aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua. Con estas cosas publicaría Mars (1895), Mars and Its Canals (1906) y The Genesis of the Planets (1916). Su serie sobre el planeta rojo inspiraría a Herbert George Wells para escribir “La Guerra de los Mundos” y, posteriormente, cuando ya se desveló que los estudios de Percival carecían de rigor científico, Ray Bradbury se sirvió de ellos para sus “Crónicas Marcianas”. De esta manera, tratando las contradicciones a partir de un error, se consiguió la coherencia en la ficción.
Montero Glez. Periódico El País, 26/03/2020.
Según el texto, no se atribuye a Percival Lowell
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Un error positivo
Montero Glez
Hay errores que cuestan vidas. Lo estamos viviendo. Pero no vamos a entrar ahora a hacer juicios de valor sobre la manera de manejar una crisis de dimensiones virulentas. Y no porque nuestros representantes políticos no merezcan tales juicios, sino porque hace falta un poco más de aire entre tanta contaminación mediática. Con tales principios, vamos a contar cómo un error de traducción dio lugar a un conjunto de libros de astronomía popular que, a su vez, inspirarían algunas de las novelas de ciencia ficción más importantes de todos los tiempos.
Lowell aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua.
Nos referimos a los episodios escritos por Percival Lowell (1855-1916), un excéntrico millonario norteamericano con vicios de astrónomo que afirmaba que existían canales artificiales en Marte y, por lo tanto, vida extraterrestre. Para demostrarlo, construyó un observatorio privado en Arizona que hoy permanece en activo. Se trata del Observatorio Lowell, desde el cual, en 1930 se descubriría un planeta enano que recibió el nombre de Plutón.
Pero volvamos a la Tierra donde, en vida de Lowell, el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli observó con su telescopio el planeta Marte. Tenía la intención de estudiarlo a fondo y, detallando el planeta rojo, pudo comprobar cómo una densa capa de líneas se extendía sobre la superficie. Schiaparelli las denominó “canali” y con ello, publicó el mapa del planeta Marte en 1888. Fue un trabajo pionero de la astronomía que despertó la curiosidad de muchos aficionados entre los que se encontraba el excéntrico Percival Lowell.
Debido a un error en la traducción del trabajo de Schiaparelli se inició, sin querer, todo un género de novelas. Los “canali” que observó Schiaparelli fueron vertidos en inglés como “canals” en vez de como “channels”, tal y como hubiese sido lo correcto. De esta manera, la palabra “canals” implica una construcción artificial mientras que la palabra “channels” se refiere a un accidente natural.
A partir de este error, Percival Lowell se dispuso a encontrar huellas extraterrestres en el planeta rojo. Hay que recordar que un planeta es una forma espontánea y lo que Lowell pretendía era encontrar formas vivas que lo habitasen. Aunque no las encontró, las imaginó hasta convertirlas en certezas científicas. Ajustando su ojo al telescopio, echó a volar su imaginación cuando observó los numerosos canales que cubrían la superficie de Marte, llegando a afirmar que el planeta estaba habitado por una antigua civilización.
Aseguraba que en Marte existía vida inteligente pues, sin ella, no se habría podido construir toda aquella red de acequias para transportar agua. Con estas cosas publicaría Mars (1895), Mars and Its Canals (1906) y The Genesis of the Planets (1916). Su serie sobre el planeta rojo inspiraría a Herbert George Wells para escribir “La Guerra de los Mundos” y, posteriormente, cuando ya se desveló que los estudios de Percival carecían de rigor científico, Ray Bradbury se sirvió de ellos para sus “Crónicas Marcianas”. De esta manera, tratando las contradicciones a partir de un error, se consiguió la coherencia en la ficción.
Montero Glez. Periódico El País, 26/03/2020.
El término “ello” (línea 36) es
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