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Hace más de 150 años, Charles Darwin propuso una teoría que entonces pareció descabellada: todos los seres vivos comparten la herencia genética de un único y remoto antepasado común (UCA, por sus siglas en inglés). Una idea que constituye uno de los pilares sobre los que el genial científico edificó su teoría de la evolución. A partir de ese único organismo ancestral, la vida se diversificó después en la multitud de formas que hoy pueblan nuestro mundo. Ahora, un bioquímico de la Universidad de Brandeis en Boston, Massachusetts, ha publicado en Nature el primer estudio estadístico a gran escala que se realiza para poner a prueba la verosimilitud de la teoría. Y los resultados del estudio confirman que Darwin tenía razón. En su "Origen de las especies", el naturalista británico proponía que "todos los seres orgánicos que alguna vez han vivido en la Tierra han descendido de una forma primordial". Desde entonces, las evidencias que confirman la teoría se han multiplicado, bajo la forma de un número creciente de criaturas "de transición" entre unas y otras especies en el registro fósil, pero también de una abrumadora cantidad de similitudes biológicas a nivel molecular. Por medio de potentes ordenadores y aplicando rigurosas fórmulas estadísticas, Douglas Theobald estudió los varios modelos diferentes de ancestros que existen. Y sus resultados inclinan abrumadoramente la balanza en favor de la hipótesis de UCA, un único antepasado común. De hecho, UCA es por lo menos 102.860 veces más probable que tener múltiples ancestros. Para realizar su análisis, Theobald seleccionó 23 proteínas comunes a todo el espectro taxonómico, pero cuyas estructuras difieren de unas especies a otras. Buscó esas proteínas en doce especies diferentes, cuatro por cada uno de los tres diferentes dominios de la vida (Bacteria Archaea y Eucaryota). El paso siguiente fue preparar simulaciones informáticas para valorar las probabilidades de los diferentes escenarios evolutivos para producir ese rango de proteínas. Y fue ahí donde Theobald se dio cuenta de que los escenarios evolutivos que partían de un único antepasado común superaban conmucho a los que se basaban en ancestros múltiples. "Simplemente -explica el científico- los modelos con un único antepasado común explicaban mejor los datos, y además eran los más simples, por lo que ganaban en todos los recuentos". Ahora bien, ¿qué aspecto debe tener ese antepasado común y dónde vivió? El estudio de Theobald no puede responder a esas preguntas, aunque el científico sí que se permite especular: "para nosotros, debió parecerse a una especie de espuma, viviendo quizá en los bordes del océano, o quizá en las profundidades, al abrigo de chimeneas geotermales. Aunque a nivel molecular, estoy seguro de que debió tener un aspecto tan complejo y bello como el de la vida moderna".
José Manuel Nieves* Periódico: ABC - España 13/05/2010 (Adaptado)
Cuando Charles Darwin, hace 150 años, divulgó su teoría, la misma pareció a todos
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En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
Apunta lo que se dice correcto sobre los términos de la expresión " que lo peor ya ha pasado".
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En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
La palabra "largos" se traduce al portugués como "compridos" y, or lo tanto, es heterosemántica. Señala la opción con la misma divergencia léxica.
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En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
En la expresión "bromas e ironías" hay una regla de eufonía. Según la misma regla y sus excepciones, lo correcto está en
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En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
Al final del texto, Quique González
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En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
La opción que no está de acuerdo con el verdadero momento del Señor Gonzáles es
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En el bar La Vuelta suena una canción. Quique González está cantando y él percibe lo que dice el estribillo: Estoy cansado de perder. Le gusta la canción, pero no es lo mejor para empezar. Es el único cliente, lo que hace que se sienta aliviado y tranquilo. Nadie podrá preguntarle nada. Los camareros, Antonio y Enrique, lo conocen. Y, ya se sabe, los de verdad escuchan, callan y hablan si el cliente les da conversación. Su vida ha llegado a un punto en el que las preguntas son molestas. Sobre todo la más simple y cortés: ¿Cómo estás? No parece lo que es, un hombre solo y triste. Viste bien, la ropa soporta el paso de tiempos mejores. Nadie diría lo que es. Sobrelleva que le den los buenos días, aguanta el intercambio ritual del estado del tiempo y poco más. Sólo bebe café, y agradece que quieran invitarle a una copa, pero a ese punto en el que el alcohol mañanero define el día no quiere llegar. Ni siquiera comenta la prensa deportiva. En otros tiempos la eliminación del Barça en Champions, o los cuatro goles que el sábado le metió al Villarreal, hubieran sido argumento para bromas e ironías. Pero no están las cosas para eso, y menos para perder el tiempo. Nunca pensó que perderlo en sus circunstancias iba a resultar tan oneroso para su ánimo. Habla poco, y en el bar lo saben. Las miradas son elocuentes. Si con los ojos se entienden, para qué utilizar las palabras. En casa, el lenguaje de los ojos es inútil. Las preguntas, por muy cariñosas que sean, pesan como losas. Quiere a su mujer, pero la quiere con la pena que marcan los días sin expectativas. A sus hijos procura no verlos, por eso se va antes de que ellos despierten. Ante el primer café mira el reloj: las ocho de la mañana. Dios, piensa, qué largos son los días para los que deseamos que sean cortos. Mientras repara en este deseo que ya dura cerca de dos años abre el periódico: «Se confirma el dato destripado por ABC el martes: 4.600.000 españoles buscan un trabajo que no encuentran». Son demasiados. Quizás haya más posibilidades si juego a la lotería, piensa.
En la radio un periodista se lamenta ante sus oyentes porque no tiene ninguna noticia buena para dar, sólo la del tiempo primaveral que, para colmo, va a durar poco. ¡Cómo está el país!, dice alguien. El hombre apura el café y escucha la voz de Zapatero por la radio: Hay signos de que lo peor ya ha pasado. Deja unas monedas y, cuando sale a la calle, siente un dolor en la sien. Lo reconoce. Pasa cuando se pregunta, ¿y ahora adónde voy? Con paso cansino marcha a El Retiro. Allí, sentado en el mismo banco de todos los mismos días piensa: Pero, cómo puede decir ese hombre que lo peor ha pasado, cómo puede decirlo. Son las 8,15 de la mañana. Y está empezando el día también para él.
Félix Madero (Periódico El ABC, Madrid, España, 03.05.2010)
Tras la lectura del texto, podemos afirmar que Quique González
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