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2402090 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
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Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.

Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.

Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).

Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.

El elemento “ellas” se refiere a “meditaciones serias” y a “graves preocupaciones” (R.18-19).

 

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2402087 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
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Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.

Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.

Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).

Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.

La expresión “a menudo” significa lo mismo que en pequeñas proporciones.

 

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2402083 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
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Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.

Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.

Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).

Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.

En el término “serlo” el pronombre se refiere a “alegre”.

 

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2402081 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: CESPE / CEBRASPE
Orgão: UnB
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Pero lo que más que nada contribuye directamente a nuestra felicidad es un humor jovial, porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma. En efecto: el que es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es. Nada puede remplazar a todos los demás bienes tan completamente como esta cualidad, mientras que ella misma no puede reemplazarse por nada. Que un hombre sea joven, hermoso, rico, y considerado, para poder juzgar su felicidad la cuestión sería saber si, además e alegre; en cambio si es alegre, entonces poco importa que sea joven o viejo, bien formado o contrahecho, pobre o rico: es feliz.

Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad.

Es cierto que nada contribuye menos a la alegría que la riqueza, y nada contribuye más que la salud; en las clases inferiores, entre los trabajadores de la tierra, se observan los rostros alegres y contentos; en los ricos y grandes dominan las figuras melancólicas.

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena. Internet:
<www.schopenhauer-web.org> (con adaptaciones).

Juzgue lo ítem siguiente a partir del texto de arriba.

La oración “porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma” aporta un argumento que sustenta la afirmación realizada por la oración anterior.

 

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2400459 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: QUADRIX
Orgão: DATAPREV
Los españoles sancionarían a las empresas que pagan menos a las mujerespor igual trabajo
Una encuesta del CIS revela una alta percepción de la desigualdad existente entre sexos pero creen que las cosas han mejorado en los últimos 10 años
CARMEN MORÁN - Madrid - 31/03/2010
Los españoles perciben las desigualdades entre hombres y mujeres y más de la mitad (53%) opina que éstas son grandes o muy grandes, aunque la mayoría (78,5%) aprecia que las cosas han cambiado desde hace unos 10 años y que ahora las diferencias son menores. Todo el mundo está a favor de la plena igualdad entre hombres y mujeres, según el último barómetro del CIS, pero la mayoría detecta que los salarios, las perspectivas de promoción laboral, las possibilidades para compaginar a los puestos de responsabilidad de las empresas son cuestiones que siguen atascadas para las mujeres. Sólo el acceso a la educación percibe como igualitario, un 83% así lo opina.
En consonancia con estas opiniones, los españoles estarían de acuerdo en que se contrataran a mujeres en profesiones en las que hay pocas y en sancionar a las empresas que pagan menos a las mujeres cuando desempeñan el mismo trabaj que sus compañeros. Un 64% opta por garantizar por ley un número equilibrado de ambos sexos en las listas electorales y en los altos cargos públicos (58%). Entre los que piensan de esta manera, las prioridades serían sancionar a las empresas que incumplan con la igualdad y flexibilizar los horarios de trabajo de hombres y mujeres.
Casi unánime es el apoyo a la existencia de un permiso de paternidad remunerado y a facilitar l concesíon de créditos a mujeres empresarias y emprendedoras.
La percepción sobre cómo actúan los empresarios es inequívoca. El 75% cree que, en igualdad de condiciones, se prefieren hombres para cubrir los puestos de responsabilidad y que las mujeres tienen que esforzarse más para demostrar que su valía es idéntica a la de sus colegas.
Los consultados depositan una alta confianza en el poder de las leyes para cambiar la desigualdad entre hombres y mujeres. Opinan que la ley debe garantizarlo (92%) y un 37% no cree que la igualdad en el mundo laboral sea una cosa que sólo dependa de las mujeres. El 42% discrepa con que la conciliación de la vida familiar y laboral sea sólo un asunto privado en él que de nada sirve que intervengan las instituciones. A pesar de ello, un 40% cree que a la larga se conseguirá la igualdad, sin necesidad de leyes.
Las razones por las cuales las mujeres ocupan menos puestos de responsabilidad que los hombres son , por este orden, las cargas familiares, un entorno laboral dominado por hombres que no confían en sus subordinadas ni en su capacidad para desempeñar estos puestos aunque tengan la formación necesaria. Creen que las empresas no dan facilidades para conciliar la vida familiar y opinan que el Gobierno debe adoptar medidas para permitirlo.
Sin embargo, cuando se les pregunta quién debe trabajar menos de forma remunerada para ocuparse de la familia, todavía un 36% contesta que la mujer, aunque un 57% manifiesta que cualquiera de ellos, buscando aquél que gane menos o que tenga un trabajo más precario. O sea, las mujeres.
In:
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/espanoles/sancionarian/empresas/pagan/mujeres/igual/trabajo/elpepusoc/20100331elpepusoc_3/Tes
Es incorrecto afirmar que la mayoría de los encuestados:
 

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2400293 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: UECE
Orgão: UECE
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TEXTO

Hobbes y la mina San José

Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.

Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.

AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010

Apunta lo que se dice correcto sobre las siguientes formas verbales en el imperativo presente.

 

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2400292 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: UECE
Orgão: UECE
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TEXTO

Hobbes y la mina San José

Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.

Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.

AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010

En la frase “La cena estaba exquisita”, la palabra exquisita significa en portugués “saborosa”. Por lo tanto, se trata de un heterosemántico. Apunta la otra palabra con la misma divergencia léxica.

 

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2400291 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: UECE
Orgão: UECE
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Hobbes y la mina San José

Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.

Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.

AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010

En …sino celebrar que en tan corto tiempo… la partícula “que” tiene función de

 

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2400290 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: UECE
Orgão: UECE
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Hobbes y la mina San José

Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.

Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.

AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010

En … San José durante aquellos cinco días… la forma singular del demostrativo “aquellos” es

 

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2400289 Ano: 2010
Disciplina: Espanhol (Língua Espanhola)
Banca: UECE
Orgão: UECE
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Hobbes y la mina San José

Vivimos en sociedad y reconocemos algún tipo de poder central que dicta y hace cumplir normas válidas para todos. Aristóteles creyó que vivir en sociedad es algo natural, y consideró que el hombre aislado o es un bruto o es un dios, o sea, algo menos o algo más que un hombre. Por su parte, Rousseau y Hobbes estimaron que la sociedad es una institución convencional, no natural, lo cual significa que ella es producto de un acuerdo y no una exigencia que derive de la naturaleza del hombre, aunque el pacto que habría dado origen a la sociedad es sólo una hipótesis y no corresponde a un acto realmente acaecido en algún momento de la historia de la humanidad. Pero si Rousseau creyó que el pacto social puso término a una situación previa de paz, abundancia y felicidad - el llamado estado de naturaleza-, Hobbes consideró que en ese momento la vida del hombre fue solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. Me siento inclinado al punto de vista de Hobbes y Rousseau antes que al de Aristóteles, como me considero a la vez del lado de Hobbes en su desacuerdo con Rousseau acerca de si el estado previo a la sociedad fue de paz y felicidad o de desamparo y guerra de todos contra todos. Apelar a la naturaleza, como hace Aristóteles respecto de la sociedad, es sólo un intento por conferir mayor fijeza y estabilidad a algo que aprobamos o que resulta de nuestra conveniencia, mientras que ver en el estado previo a la sociedad una situación de paz y felicidad, como hizo Rousseau, parece francamente ingenuo. Los jóvenes hippies de los 60 -roussonianos- evitaban la sociedad y se retiraban a vivir en pequeñas comunidades aisladas, procurando recuperar un estado de pureza y concordia, mientras que los noveles políticos de esa época -hobbsianos- se preparaban en distintos partidos para la lucha por el poder. Habíamos algunos que, ni hippies ni políticos, nos sentíamos más cerca de los segundos, aunque un cierto horror a la vida gregaria y a las decisiones a mano alzada nos llevó a tomar distancia de los partidos, mas no de la política, puesto que intuíamos, al revés de lo que suele repetirse, que ella es prolongación de la guerra, pero por otros medios.

Los 33 trabajadores atrapados en la mina San José vivieron su propio estado de naturaleza, una condición que se habría prolongado durante los primeros cinco días del encierro, y en la que cada cual se comportó como quiso, sin sujetarse a reglas compartidas y sin reconocer autoridad sobre el grupo a ninguno de los que se encontraban en tan dramática situación. Presas del miedo, iban y venían en el fondo oscuro de la mina, pesarosos y desconcertados, echándose a dormir aquí y allá en el momento que se les ocurría, ingiriendo alimentos según la necesidad o el deseo del momento, y cavilando cada cual por separado, o en grupos pequeños y dispersos, la mejor manera de dar señales de vida y salir del encierro. O sea, vivieron la soledad, el desamparo y hasta el enfrentamiento del estado de naturaleza descrito por Hobbes, aunque por poco tiempo, puesto que fueron capaces de advertir que sólo actuando unidos tenían posibilidades de sobrevivir. Unidos por una convención que incluyó pautas de conducta que ellos mismos establecieron, división del trabajo y un mando sobre el grupo. Durante esos primeros cinco días, nuestros 33 mineros dejaron de vivir en sociedad, procediendo luego a establecerla como única manera de sobrevivir, dando así doblemente la razón a Hobbes: la sociedad es una institución convencional, y el acuerdo que la origina pone término a un estado previo de desamparo, animadversión y violencia. Por lo mismo, no hay que reprobar lo que pudo acontecer al interior de la mina San José durante aquellos cinco días, sino celebrar que en tan corto tiempo los 33 hayan transitado desde el estado de naturaleza a la vida en sociedad.

AGUSTÍN SQUELLA Periódico “El Mercurio” Santiago de Chile, 29 de octubre de 2010

Apunta la opción que contiene la respuesta correcta para la pregunta: ¿Le mandaste eso a tu novia?

 

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